Un par de garras que caen sobre la noche

Un par de garras que caen sobre la noche

Escucho, entre conversaciones propias y ajenas, hablar a las personas de una supuesta amenaza omnipresente que habita la noche. Parecería que, pasadas las 8 p. m., unas garras invisibles se abren paso por el cielo para seleccionar, entre los millones de habitantes de la Ciudad de México, a aquellas personas que serán sujetadas entre sus garras de puntas afiladas.

Parecería que, pasadas las 9 p. m., sólo vagan por las calles los amantes que salen de algún café, y que eventualmente deberán separarse llegando al transbordo del metro que les dirija con el arroyo de gente a sus hogares.

Parecería que, a las 10 p. m., cualquiera que esté en la calle ya tendría merecido lo que le pasase, como si a esta hora aquellas garras hubieran logrado rasgar cualquier tejido de protección celestial y embistieran sobre quien siguiera vagando por la ciudad.

Ya para las 11 p. m. nadie está a salvo.

—La gente de la noche es peligrosa —escucho casi sin querer, como si mis orejas tuvieran un rabillo que observa todo lo que se le escapa a mi visión central.

—Las calles llenas de adictos, prostitutas, asaltantes y policías corruptos —es la frase que resume el bestiario de anomalías que condensa la noche.

Entonces me encuentro, a las 12 a. m., saliendo de La Locx por un cigarro de emergencia con mi amigo Naim. Hemos estado bailando tres horas continuas el mix más inadecuadamente curado, desde Daddy Yankee hasta Taylor Swift, y algunos momentos de lucidez con Lady Gaga y María Daniela y su Sonido Lasser, con coreografías incluidas. Conozco a Naim desde la secundaria y, desde ese momento, hemos sido un par de homosexuales que a la luz del día eran objeto de comentarios y microagresiones. Tristemente, estuvimos incomunicados por muchos años hasta que coincidimos de fiesta en Daddy, otro antro que se suma a la lista de fracasos que han intentado sobrevivir en la inmediatez de la salida del metrobús Hamburgo.

Veo a Naim prender el encendedor y por el rabillo de mi ojo me deslumbra la luz del puesto de dulces estacionado frente al antro. Ese momento es suficiente para recordarme un día de la secundaria, cuando recién terminaba (obligatoriamente) una relación con sujeto J. Fui llamado por la psicóloga de la escuela:

—Nos enteramos de lo que pasó, y de que dices ser gay —es la primera frase que recuerdo—. Queremos decirte que está bien y puedes contar con este espacio si lo necesitas.

Lo que en un primer momento sentí como un alivio fue seguido de un:

—Sólo no seas afeminado, eso no está bien. Y recuerda que no eres una mujer; no deberías llevarte tanto con ellas.

Aún es una frase que cae con peso sobre mis años formativos, cuando en momentos fugaces cruza por mi cabeza. Quizás esa haya sido una de las razones por las que me distancié en un momento de Naim; el temor a ser un varoncito afeminado como el que tanto me decían debía tener cuidado de no convertirme si no quería seguir siendo motivo de burlas, agresiones y miradas curiosas.

Regreso al presente con Naim mientras fumamos. Su “no-novio” sigue adentro con otros amigos. Recién empezada la noche, cuando aún éramos solamente Naim y yo, se sinceró conmigo y me confesó que el sujeto R le había mencionado que se sentía atraído hacia mí cuando me conoció algunas noches atrás. Del coraje, en solidaridad y por venganza, decidimos subirnos a una plataforma, donde Los Go-Go bailaban antes de la remodelación de La Locx, para bailar y besarnos, dejando claro que yo no estaba interesado en los esfuerzos del sujeto R por acercarse a mí. Naim me agradece, me reprocha unos segundos por haberme distanciado tantos años y procede a hablarme sobre su situación con el sujeto R y a vulnerarse sobre lo frustrante que era ese vínculo. Lo escucho con atención, sonrío sólo con las comisuras y aprieto los labios antes de decirle, con pena, que debería dejarlo. Terminamos nuestro cigarro, nos abrazamos, secamos las lágrimas y regresamos al antro mientras, convenientemente, suena “Despechá” de Rosalía.

Voy sin compañía al baño por quinta vez en la noche y, en la oscuridad de las tazas de baño resguardadas entre paredes de tablaroca vieja, pienso que muchas noches podrían ser esa misma noche aun sin Naim. Pienso en mi ex, Jairo, en las noches en las que le acompañaba a hostear en el antiguo Baby, en el metrobús Hidalgo, con Suculenta y Santa Lucía. Pienso en mi otro ex, el sujeto A, cuando, después de años de una relación complicada, decidimos bailar juntos y volvernos a besar en la pista del nuevo Baby, en la calle de Londres. Pienso en Alejandra, una amiga ahora distante, con la que fui al mismo Baby días después de que, inevitablemente, mi relación con el sujeto A volviera a terminar. Pienso en las amistades que hice, gracias al sujeto A, en Soberbia, y que, tras nuestra ruptura, volvieron a ser distantes. A cambio de esas pérdidas recuperé en mi vida a Dizan, quien, por cierto, quizás sea mi único amigo heterosexual cercano ––yo no discrimino––, y en cómo decidimos recuperar nuestra amistad después de dos años sin dirigirnos la palabra, una noche en Rico con sus amistades del trabajo, donde accidentalmente me besé con un compañero suyo.

Me sacudo, subo mi cierre y abro la puerta. Me encamino al lavamanos a hacer lo debido. Me gustaría arreglar un poco mi apariencia, pero no tiene sentido; el local de La Locx está tan mal ventilado que de las paredes del baño llueve sudor salado y los espejos están cubiertos con la misma neblina. Aun así me postro otros segundos frente al espejo, fingiendo que sé lo que me arreglo en la camisa, incluso cuando llevo más alcohol del necesario en mi sistema y mi reflejo es apenas distinguible entre la nube que cubre el espejo y las manchas de dedos y manos que intentaron limpiarlo a lo largo de la noche. Y así, entre lo poco reconocible que soy frente a ese espejo, pienso que no solamente podría ser este un relato de cualquier noche con Naim, sino también un relato sobre cualquier persona en este antro.

No puedo ser la única persona que ha ganado o perdido noviazgos y amistades en estas calles, la única persona que haya salido a abrazar a sus amistades en lágrimas. No soy el único al que le han ofrecido un trago para intentar una conquista, ni el único que se ha besado con sus amistades sólo por demostrar un punto. No soy el único que vive en la noche. No soy el único que se reúne con amistades después de años de haber reflexionado sobre esa homofobia internalizada inculcada desde la infancia. No soy el único que se ha preguntado si son estas paredes las que han visto cómo la gente esnifa cocaína y consume tachas.

Sobre la noche se aferran unas garras inmensas, decoradas con piedras y lacas de colores vibrantes. A veces son guantes con uñas postizas. Son estas las garras que cortan los listones que nos mantienen atados a la soledad, a la reclusión y al olvido. En las noches sí hay todo lo que la gente teme. Así me siento esta noche a declararme a mí mismo: escribo por las noches. Escribo desde la experiencia, pero también desde la curiosidad y desde la pertenencia. Escribo desde lo que he recuperado en la noche, desde lo que he vivido y desde lo que me han contado y lo que he visto. Me siento ahora frente a una pantalla que ilumina mi rostro, con ojos fatigados, imaginando las conversaciones que aguardan en los mismos rincones donde los rayos de los faros de la calle no llegan y la gente se resguarda de la luz. Una punzada social me motiva a acercarme a las personas, a hacerles preguntas sobre su permanencia en estos sitios. Una punzada historiadora me motiva a llenarme de papeles y datos sobre la conformación de estas calles y la apertura de todos estos centros nocturnos, en donde llueve sudor de los techos y la gente se besa e intercambia tragos. Una mirada urbana me motiva a sólo observar, comprender estas pocas calles, su disposición, su tránsito y mi permanencia aquí.

En estas noches he construido cosas hermosas con la gente que está fuera de sus casas a las 9, a las 10, a las 11 p. m. y hasta las 6 a. m. del día siguiente. He recuperado amistades, terminado relaciones, bailando, conociendo personas, aceptando bebidas, besos y más. En estas calles he sido parte de algo más que de mí. He sido parte de una narración en donde, quienes en algún momento acudieron al psicólogo escolar y, en el mejor de los casos, les fue recomendado no convertirse en un maricón amanerado, suelen coincidir de las 9 p. m. a las 6 a. m. del día siguiente. Construimos experiencias en conjunto, intergeneracionalmente y a través de sus espacios, sus cuadras y sus señalamientos. Unas garras caen sobre la noche y así, decoradas, me sujetan con suavidad por los brazos, me abrazan y me acarician. Y mientras la noche termina, me sueltan poco a poco y dejan sobre mi piel rasguños que arden y punzan, hasta que llego a mi cama y espero, bajo mis cobijas, a que den otra vez las 9, las 10 o las 11 p. m. para poder salir de nuevo.