No es sólo una cuestión de amor. O sobre cómo el "Love is Love" no nos salvará

Aquellas personas que perjuran que expresar la disconformidad sobre el trato recibido nunca ha dado resultados cuando se hace por medio de la subversión, demuestran su ignorancia acerca de la historia, o lo hacen amparadas por el privilegio de no pertenecer a un grupo históricamente desfavorecido, discriminado, ignorado y violentado, como lo han sido las personas de la disidencia sexual.
Lo anterior se sustenta en que el evento catalizador que dio inicio a la liberación de la población LGBTQ+ en occidente fue, de hecho, una revuelta ocurrida el 28 de junio de 1969 en un pub neoyorquino conocido como Stonewall Inn. En él, varias personas alejadas de la cisheteronorma se rebelaron contra la policía en señal de hartazgo de los abusos policiacos, políticos, periodísticos y sociales. De este evento resaltan los nombres de las activistas trans Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera.
Por su parte, el primer paso en busca de libertad política, social e individual de las personas pertenecientes a la disidencia sexual en México, de acuerdo con Braulio Peralta (2016), comenzó en 1971, cuando el escritor Carlos Monsiváis, desde Londres, enviaba documentos a la dramaturga Nancy Cárdenas “[…] donde se articulaban formas de lucha social de los gays junto a las demandas populares” (p. 57), lucha que, además, conjetura el autor, era incluyente, al considerar a hombres y a mujeres dentro del concepto “gays”, cuando este se usaba sólo para referirse a hombres.
El camino hacia la comunidad, el respeto y la libertad comenzaba a recorrerse: la formación del Frente de Liberación Homosexual de México (FLHM), quejas públicas ante injusticias, reuniones clandestinas de “concientización” donde se hablaba del “ser gay”, conformación de otros grupos de lucha, aparición de revistas como Política sexual, etc. (Peralta, 2017).
El momento de tomar las calles —no en protesta, pero sí in memoriam de otros hechos históricos— llegó, primero “el 26 de julio 1978, durante la marcha realizada por el aniversario veinticinco de la Revolución Cubana” (Secretaría de Cultura, 2019). Luego, el 2 de octubre, en conmemoración de la represión del Movimiento Estudiantil de 1968, cuando participaron miembros de diferentes agrupaciones pro derechos de personas homosexuales, quienes se autodenominaron así ante la ausencia de etiquetas que pudieran nombrar esas otras posibilidades de SER.
La marcha encabezada y hecha, en su mayoría, por personas pertenecientes a la disidencia sexual se dio un año después, el 28 de junio de 1979, bajo la consigna de “¡Alto a la represión!”. ¿Qué buscaban? Libertad en cuanto a la posibilidad de acción desde cuerpos que vivían una realidad disidente por resultado de su orientación sexual, identidad y/o expresión de género.
El Pride, o Día del Orgullo, como actualmente se le llama a la manifestación que recuerda las revueltas de Stonewall, lleva por objetivo la obtención de respeto, inclusión y reconocimiento pleno de los derechos humanos de todos los integrantes de la población LGBTQ+. Se lucha por una sociedad en donde la identidad y las expresiones de género, la orientación sexual y las prácticas sexuales no heteronormativas, no sean vistas como un motivo para ser víctima de burla, discriminación y/o violencia.
El tomar las calles anualmente permite poner sobre la mesa asuntos de interés para “los otros, las otras, les otres”; celebrar lo ganado en materia de derechos humanos, llorar y exigir justicia para quienes la lgbtfobia ha privado de la vida; garantizarle a las personas LGBTQ+ que vienen en camino una infancia y adolescencia sana en la que se respete su orientación sexual, su identidad y expresión de género, así como el acceso a una educación sexual no cisheteronormativa. Permite, asimismo, mostrar la amplia gama de posibilidades que el ser humano tiene de SER y EXPERIMENTAR su sexualidad; permite defender una identidad que la sociedad se empeña, aún, en negar, y sin duda alguna, permite sentir y vivir la libertad de, nótese las mayúsculas, SER.
Se ve, entonces, que la lucha de la disidencia sexual comenzó no por el derecho a amar a una persona sin hacer distinción de su sexo, sino por la exigencia de respeto hacia la identidad individual y colectiva de un grupo.
Vale la pena en este momento retroceder aún más en la historia LGBTQ+ mexicana y fijar la atención en la famosa Redada de los 41 en la Ciudad de México, el 18 de noviembre de 1901, en donde cuarenta y un hombres se vieron sorprendidos por una razia policial mientras llevaban a cabo una reunión donde la mitad de ellos usaban vestidos. Sobre esto, Monsiváis (2001) dirá que El Baile de los 41 derrumbó el mutismo social acerca de la homosexualidad; sin embargo, la visibilidad alcanzada no fue suficiente como para considerar siquiera a la persona homosexual como merecedora de respeto y derechos, sino que se le siguió viendo como un objeto predilecto para la mofa, la represión, la violencia y la discriminación en diversos ámbitos.
Es oportuno, como ejemplificación, rescatar la hoja volante donde aparece un grabado, de José Guadalupe Posadas, que ilustró aquel, diría Monsiváis, “aquelarre”: “Los 41 maricones [...]. Aquí están los maricones. Muy chulos y coquetones”; a este encabezado se suma el uso de palabras propias de una intención de denigrar: “cuarenta y un lagartijos”, “famosos jotitos” “pa soldados no sirven / nada más para la sopa”, “marico de gran vergüenza” (véase en Monsiváis, 2001, pp. 306-308). El uso de esas palabras permite atestiguar en el discurso, amén de la homofobia, una recalcitrante misoginia, donde lo “femenino” se usa para despreciar, descalificar e insultar. Importa señalar este aspecto, ya que en la misoginia se puede encontrar uno de los pilares que sostiene la homofobia.
Siguiendo por este camino de análisis del discurso sobre el manejo mediático del baile es que se aprecia un discurso denigrante, moralizante y “correctivo” hacia la capacidad de acción de los cuerpos de las personas que pertenecen a la disidencia sexual. Su acatamiento puede deberse al valor de la opinión popular sobre las libertades individuales de las personas, donde el libre desenvolvimiento de la identidad se somete en favor de mantener un estado “moral” adecuado.
Hay que recordar que era una época en la cual los matrimonios no eran la manifestación de un enamoramiento que los antecediera, sino que se acordaban con base en la reputación, el prestigio y/o a la conveniencia que traería para una o las dos familias (Orlandini, 2015), y en donde sólo podía ser concebida como forma de relación la heterosexual. Siendo esto así, quedaba como único subterfugio vivir bajo el crédito que proveía el matrimonio y la garantía de supervivencia digna que daba el correcto seguimiento de las prácticas heterosexuales; llevando a la persona a reprimir sus impulsos homoeróticos o —en caso de poder— a descargarlos en fugaces encuentros con sus pares, encuentros que se hallaban sujetos, como ya se vio, a la marginalidad, el secretismo y el riesgo.
Bajo este hilo de ideas y, recuperando el ejemplo histórico de El Baile de los 41, la noticia de esta redada representó una ventana abierta hacia otra realidad en la que existían otros semejantes y otras formas de ser, debido a que “por más desconfiado que sea, por más en secreto que viva, cada homosexual luego de la Redada ya no se siente solo” (Monsiváis, 2001, pág. 311).
En cuanto a las personas trans durante aquellos años pre y post revolucionarios, se sabe del coronel Amelio Robles, considerado como una de las primeras personas trans en la escena pública mexicana. El coronel se enlistó en el ejército zapatista donde se convirtió en soldado y “se ganó un lugar en una sociedad profundamente machista, un lugar por el que fue respetado” (Loaeza, 2011, p. 41).
Resulta evidente que la manera en la cual se experimenta la propia concepción sobre la alteridad sexual tiene como base el contexto, el género, el sexo, la clase social, al igual que cualquier otra categoría que implique disidencia con respecto a una norma (Granados, Delgado, 2007). Entramos así, con la bandera del SER y no del Amor, a Juchitán, Oaxaca, tierra zapoteca donde habitan, desde épocas precolombinas, los/las/les muxes, que de acuerdo con el Instituto Nacional de Pueblos indígenas (INPI, 2021) se refiere “a las personas nacidas de sexo masculino que desempeñan labores, visten y se desenvuelven como el género femenino […]”, y a quienes se les considera como un tercer género; es decir, la categoría muxe forma parte de otra posibilidad en cuanto a la identidad y expresión de género.
A esta definición del INPI habría que sumar un “sin embargo”, dado que, de acuerdo con Naomy Méndez, activista muxe a quien entrevistó Mónica Cruz (2017): “Hay una gran gama de muxes, pero existen dos categorías principales: las muxes gunaa [que se identifican en femenino] y los muxes nguiiu (in-gui-ú) [que se identifican en masculino]”. En vista de la falta de género gramatical en la lengua zapoteca, con “identifican” se hace alusión al desempeño de roles y expresión de género atribuidos social, cultural e históricamente a mujeres u hombres.
Por tanto, en cuanto a la disidencia sexual y de género, sus roles y expresiones, una vez más se está ante el mismo camino: el de la búsqueda de SER, el de relacionarse con el mundo desde una alteridad, el de SER con naturalidad. Se habla de la lucha por una identidad y no únicamente desde la intención de amar.
Nos acercamos así a un modismo que eclipsa una lucha histórica que pugna por el respeto para las identidades y necesidades de una colectividad mundialmente atacada. Desde tiempo atrás, en el discurso social que muestra aceptación a la disidencia sexual, se ha hecho un llamado a la población para respetar el amor que una mujer cisgénero o un hombre cisgnéro puedan experimentar y mostrar hacia alguien de su mismo sexo; el famoso love is love [amor es amor], así como el love wins [el amor gana], “ames a quien ames”, “amor sin límites ni tapujos”, “el amor no cabe en un clóset”, entre otros.
Estos eslóganes fueron en su momento beneficiosos para la lucha pro derechos de las personas homosexuales y bisexuales; debido a que pusieron sobre la mesa los temas en ese momento en boga: “matrimonio igualitario”, reconocimiento de los mismos derechos de esas uniones como la seguridad social, las pensiones, las herencias, entre otras. Sin embargo, estas expresiones trilladas ya aportan muy poco a la lucha de la disidencia sexual:
1) No es sólo una cuestión de amor:
El uso reiterado del eslogan love is love ha reducido la lucha de las personas LGBTQ+ a una cuestión romántica en donde todo parece indicar que sólo se busca que se deje amar libremente, ocultando así la realidad de los otros retos a los que las personas de la disidencia sexual deben hacer frente: injusticias políticas, laborales, legales, judiciales; prejuicio médico, religioso, psicológico, social; discriminación económica, étnica, educativa; violación de derechos, así como violencia social, familiar, policial y del Estado.
Siendo esto así, no es de sorprender que, según datos de la Encuesta Nacional sobre Discriminación, las personas de la disidencia sexual reportan un mayor índice de discriminación (Comisión Nacional de los Derechos Humanos [CNDH] et al, 2023). ¿Cuál es el principal motivo de discriminación, según esta encuesta? La forma de vestir o el arreglo de la persona; esto es, la apariencia elegida por una persona, que va de la mano con el derecho al libre desarrollo de la personalidad (Suprema Corte de Justicia de la Nación [SCJN], 2019), es decir, con su forma de SER.
Pero esta discriminación no termina en una serie de acciones u omisiones, sino que sobrepasa los límites del disgusto y accede a los terrenos del odio por medio de actos tan violentos como los crímenes de odio.
2) Invisibilización de otras realidades
Al hacer del love is love una máxima aparente de la disidencia sexual, se invisibiliza a las personas queers, intersexuales, asexuales o trans, pues en su caso no sólo se busca amar, se busca —so pena de no abarcar las principales demandas de esta población— que se reconozca y respete la identidad desde una edad temprana y que esta no sea usada como pretexto para impedir que alguien goce de los derechos que le corresponden. Se busca SER libremente, bajo condiciones dignas; con acceso a la salud, a la educación, al trabajo, a la protección de la ley, al completo acceso a los derechos humanos.
Todo parece indicar que, para las personas queers, intersexuales, asexuales, trans, y de otras identidades, el “permiso” que da el “amor es amor” a las personas homosexuales y bisexuales —para poder vivir relativamente bien— no les resulta del todo beneficioso.
Del mismo modo, aún cuando no se cuenta con una pareja —o varias—, la identidad se mantiene; la persona, con pareja o no, es gay, lesbiana, bisexual, trans, queer, asexual, intersexual, muxe, etc., y como tal se relaciona en sus distintos entornos. No obstante, si se cae en el discurso romántico de ese eslogan, estas personas quedan desprotegidas, dado que no cuentan con una pareja —o varias— a quien “amar”.
3) Instauración de una homonormatividad
Nos dice Alva Gotby (2018) que por medio de la propagación de la palabra “amor” como fin único de la lucha LGBTQ+, se han introyectado los principios básicos de la institución que representa la pareja heterosexual en la sociedad, lo que ha llevado no a una aceptación pura de las personas homosexuales o bisexuales, sino “[a] la integración paulatina y restringida de un modelo particular de homosexualidad” (Olvera, Granados, 2017, p. 53) que ha aceptado llevar un estilo heteronormativo de vida en pro de la obtención de ciertos “beneficios” legales y sociales.
Hablamos ya de una homonormatividad que implica aceptar, respetar e integrar a una manera “correcta” —ante el ojo heterosexual— de expresar los deseos e intereses homosexuales, y vivir dejando de lado a las “homosexualidades indeseables” que trasgreden los estereotipos de género y que atentan contra una masculinidad y feminidad predominante, generando nuevos criterios de exclusión dentro de los ya existentes y acercándonos a lo que parece ser un filtro social en el que sólo algunas personas podrán gozar de derechos y reconocimiento como “ciudadanos” de respeto, y se librarán, aparentemente, del escarnio y las mofas sociales.
Por su parte, la romantización de toda relación homosexual/bisexual vuelve la unión algo idílico, en donde, ante el ojo social, no se tiene cabida para los problemas que los heterosexuales viven. Simbólicamente, en una relación de parejas del mismo sexo/género no se podría sufrir de violencia, pues ambas se hallan en igualdad de posibilidades de defenderse, pero la realidad es que no. De acuerdo con Héctor Miguel Salinas Hernández “los estudios más serios señalan que la cifra de violencia intragénero —nombre que recibe la violencia entre parejas del mismo sexo/género— es muy similar a la que existe entre parejas de heterosexuales” (2016, p. 37).
En conclusión, Gotby (2018) considera que, en lugar de que se busque una mimetización con la vida y prácticas de una pareja heterosexual, se requieren acciones encaminadas al destierro de la “domesticidad y romance” donde sólo hay una forma de ser y vivir la alteridad y la sexualidad, así como también insta a mantener una política queer donde el antagonismo, entendido como una forma de RESISTENCIA, posibilite el alcance de una convivencia entre personas disidentes y normadas.
4) Y si realmente es una cuestión de amor… ¿por qué no cubre a quienes son fruto de este?
Las personas de la disidencia sexual crecen, se desarrollan e interiorizan las normas, estereotipos, ideales, expectativas y arquetipos de una sociedad que tiende a orillar a la formación de grupos propios; es decir, tener una familia. ¿Y qué implica en el imaginario social tener una familia? La descendencia. Y aunque en apariencia esto estaría en contraposición con lo escrito en el punto número tres, es imposible dejar de lado las realidades existentes, pues de hacerlo, se corre el riesgo de invisibilizar aún más a quienes ya viven en la periferia de lo aceptado.
De acuerdo con Andrea Angulo Menassé y Edgar Jarillo Soto (2017), se les ha llamado familias homoparentales a aquellas cuyas figuras parentales son personas gays o lesbianas que han accedido, por el motivo que sea, a la paternidad y maternidad. Ahora, ¿por qué hablar de ellas? Debido a que el formar una familia es casi —por causa de la cultura— una parte inherente a la identidad humana, es de esperarse que aquellas personas que la integren, pero sobre todo quienes sean “cabeza de familia”, se vean sometidas a un escrutinio social que se exacerba cuando estas “transgreden” lo cotidiano o esperado.
El prejuicio y el estigma hacia familias homoparentales, con base en lo dicho por Fiona Tasker y Charlotte J. Patterson (2007), ha generado un sinfín de críticas, pero las tres principales son:
a) que el desarrollo de la identidad sexual de los niños no sea el adecuado, b) que el desarrollo evolutivo general no sea similar al de otros niños y c) que las relaciones sociales con otros adultos, familia y pares no sean suficientes, debido a la discriminación de la que serían objeto (p. 58, citados en Angulo y Jarillo, 2017).
Es decir, que aquí se acaba la “benevolencia”, el permiso y el poder que el love is love había conseguido a esas parejas que ahora conforman una familia. Dentro de esa concepción del homosexual, en vista de que el modelo “ideal” y único de familia es el heterosexual, no se ve como posibilidad la conformación de una familia, y a esto se le suma que nunca hubo una aceptación plena ante la diferencia del otrx; porque sí, formar parte de la disidencia sexual es SER DIFERENTE y si esto se niega, también se niega que en virtud de esa diferencia se han cometido miles de injusticias.
Desde luego, estas críticas son infundadas. La Academia Americana de Psiquiatría infantil y adolescente (AACAP) desde el 2014 ha dicho que las infancias con padres homosexuales, madres lesbianas y/o padres o madres bisexuales o trans, no muestran diferencia alguna en comparación con aquellas con padres y madres heterosexuales y cisgénero; esto en vista de que, asegura la academia, “es la calidad de la relación [madre/]padre/[hijx] y no la orientación sexual del padre [o madre] lo que surte efecto en el desarrollo del [niñx]”.
Lo que en definitiva puede llegar a influir en esas infancias es la discriminación o burla en sus lugares de convivencia (Angulo, Jarillo, 2017 y AACAP, 2014). No obstante, la adecuada orientación y acompañamiento de sus padres/madres logra subsanar estas muestras de ignorancia y, aunque esto podría considerarse como un punto a favor para las personas detractoras del reconocimiento —pues la existencia no depende de la aceptación social o legal— de las familias homoparentales, la verdad es que legitima una lucha por, volviendo al tema central, el derecho a SER y EXISTIR con libertad, respeto, dignidad y, ojo aquí, equidad de condiciones que la mayoría.
5) Love is love como grito de lucha… ¿de las marcas?
Fue en 1978 cuando Gilbert Baker, tras ganar un concurso organizado por el Comité de Orgullo Gay de San Francisco para crear un símbolo del movimiento, diseñó y confeccionó una bandera multicolor (González, 2005), la cual serviría para dar voz a una población sistemáticamente silenciada y violentada; la de las personas —se ha resaltar que en su momento puso la atención sólo en hombres gays— pertenecientes a la disidencia sexual.
Amparada por el paso de los años, la bandera cumplió con creces su objetivo: se ha posicionado como un referente histórico, de representación, acompañamiento y abrigo, que ha permitido a cada una de las personas prófugas de las norma, diría Monsiváis, generar un sentido de comunidad, de pertenencia, de identidad.
Y a más de cuarenta años de su creación, amén de haberse visto modificada, ahora también ondea junto con otras que representan las identidades que se mueven por entre la periferia de una norma del cómo se supone que se ha de vivir. Ninguna de esas banderas ha logrado aún la popularidad y reconocimiento que la bandera “arcoíris”, “del orgullo”, “de la diversidad”, “LGBT+” o como sea que se le identifique, ha conseguido a lo largo de los años, por lo que, en el imaginario popular, esa bandera multicolor abarca a todo el acrónimo LGBTTTIQAP+. Esto es, en gran medida, a causa del marketing.
Dado el alto grado de identificación del colectivo con la bandera multicolor, el mercado global no desaprovechó la oportunidad y dio pie al pink market [mercado rosa], destinado a ofrecer productos y servicios, si no orientados a la población LGBTQ+, sí “adornados” con esta bandera; todo con el objetivo de aparentar ser LGBTQ+ friendly [amistoso con/aliado de las causas LGBTQ+]. A estas campañas publicitarias no tardaron en sumarse los eslóganes relacionados con el amor: love is love, love wins, etc.
Lo anterior a causa de que, según Granados Cosme y Olvera Muñoz (2017), para el común de la población, toda persona que se aleja de las normas binarias de género y la heterosexualidad, es entendida, identificada o encasillada dentro de la categoría “homosexual”, y bajo la construcción social —influenciada por la cultura— del ser homosexual/gay, el fin único es poder amar a una persona.
En otras palabras, poco a poco el voraz mercado convirtió la bandera arcoíris —ya posicionada como un referente ligado a todo lo LGBTQ+— en un bien de consumo, así como el popularizado eslogan love is love como grito de “batalla”. Hay que puntualizar que este movimiento de la mercadotecnia permitió “lavar” la imagen de las empresas que poco a poco, bajo la estrategia del “apoyo”, lograron ocultar su poco o nulo interés por las causas que las personas de la disidencia buscan: el reconocimiento de sus derechos, el fin de la discriminación, el cese de la violencia, etc.
Este uso indiscriminado de los colores y eslóganes, cuando es aplicado por las empresas y se hace sin una clara intención más allá de vender, se le conoce como rainbow washing [lavado arcoíris] o pink washing [lavado rosa]. Dicho proceso de marketing alcanza su mayor nivel en el mes de junio, es decir, en el mes del Pride. En los meses siguientes, las campañas, los productos, los servicios y todo lo propio de las marcas deja de hablar de lo LGBTQ+ (González et al, 2022).
¿Y qué hay para ese “nicho”, una vez pasado el mes del orgullo? Nada. Las empresas cierran espacios de concientización, cometen atropellos laborales por razones relacionados con temas de disidencia sexual, permiten agresiones lgbtfóbicas dentro de sus instalaciones, no apoyan a causas u organizaciones benéficas relacionadas con el movimiento, niegan espacios a colaboradores de la disidencia, limitan su apoyo en la búsqueda del reconocimiento de derechos pro LGBTQ+, y tampoco se posicionan ante eventos relacionados con la comunidad.
Así pues, sin una clara concientización e interés por aportar a la causa LGBTQ+, las empresas terminan por perpetuar frases desgastadas y poco útiles, que, además, terminan por invisibilizar la lucha de otras identidades.
Conclusión
Se puede comprobar que los eslóganes love is love [amor es amor] y derivados, aluden sólo al afecto, y no traen —ya no— beneficio alguno para las personas de la disidencia sexual, porque su lucha y sus necesidades son mucho más grandes y diversas, tal y como lo demuestra la historia.
Por otro lado, resulta evidente el hecho de que no se puede responsabilizar o imputar, totalmente, la discriminación, violencia y prejuicio al uso —o desuso— de un eslogan; empero, se debe tomar en cuenta el poder de los mensajes que se mandan por medio de las campañas que llaman al respeto, aceptación e integración de aquellos que “aman a sus iguales”, en especial cuando se hacen sin tener en cuenta que la política de la disidencia sexual es más que una cuestión de amor y aboga por el respeto a una IDENTIDAD, a una forma de ALTERIDAD, a una forma de SER y a una MANERA DE VIVIR esa alteridad en armonía con su entorno.
En conclusión, la lucha de la disidencia sexual se puede resumir en la búsqueda de la posibilidad de SER, EXISTIR, y, mientras las injusticias, la violencia y la discriminación no cesen, RESISTIR; razón por la cual debe impulsarse, como ya se ha estado haciendo, el uso, manejo y reproducción de nuevos discursos en los que todas las identidades tengan cabida, tomando a estos discursos como el primer paso hacia cambios tangibles que en verdad logren resarcir las carencias e injusticias a las que las personas LGBTQ+, así como sus familias, se han visto sometidas.
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