Expectativas de madrugada/decepciones de mañana

Expectativas de madrugada/decepciones de mañana
Una mirada breve al juego y el juguete en la infancia queer

En películas familiares sobre juguetes como Toy Story 2 (1999) y Toy Story 3 (2010), los antagonistas buscan disuadir a los protagonistas de su felicidad y propósito de ser elementos de juego para sus infancias porque, según ellos, eventualmente serán olvidados, abandonados, o se convertirán en basura. Este elemento narrativo refleja una realidad: al crecer, nuestros intereses cambian, y nuestras formas de interactuar con el mundo se van volviendo más racionales, por lo que disminuye nuestro impulso por jugar e imaginarnos en situaciones fantásticas, convirtiendo a los juguetes en objetos obsoletos. No hay mejor ejemplo de esto que el montaje que acompaña la canción “When She Loved Me” en Toy Story 2, donde la vaquerita Jessie, reminiscente de su pasado con su anterior dueña, Emily, le da contexto a Woody y a la audiencia sobre quién es ella como personaje.

Si bien estas situaciones abundan entre la mayoría de las personas, para buena parte de la comunidad LGBTQ+ aparece una pregunta que no responde ninguna de las películas mencionadas anteriormente: ¿A dónde van los juguetes con los que nunca se jugó por razones de género? Es decir, no hay forma de pasar la página con esos juegos que muches de nosotres todavía soñamos con tener porque se anuló la posibilidad lúdica con ellos. Seguramente se construyeron formas de ese juego a través de la imaginación y este factor tan importante en la infancia prevaleció por unos años más. Si bien no pudimos físicamente jugar con esos juguetes o incorporarnos en ciertas dinámicas de juego porque eran “de niño” o “de niña”, sí usamos nuestra imaginación para ver cómo sería el divertirnos así. En su momento nos imaginamos sosteniendo por horas aquellos juguetes tan añorados o disfrazándonos en los atuendos de nuestros personajes favoritos para celebrar nuestros cumpleaños o Halloween sin importar que fuera la princesa Aurora o Donatello.

Con la mira en momentos donde el juguete, y la posibilidad de juego, llegaba con relativa sorpresa, como las fiestas de fin de año y el posterior Día de Reyes, las sensaciones de extrañeza o decepción por recibir algo que no era lo que en verdad esperábamos eran algo común. Sin embargo, que esa negación del deseo apareciera por insistencia en que nuestras vidas debían seguir un camino imposible de apropiar lo hacía más difícil. Pues no sólo es desear algo con mucha emoción y no recibirlo; es saber que ese deseo es visto como “incorrecto”, que hay algo malo en querer jugar de cierta manera que no va con eso que se espera de ti en tu infancia y para el resto de tu vida. Entonces, podríamos tomar esa experiencia como una preparación para una vida en una sociedad que te reprime y condena por vivir a tu manera, dado que esas negaciones partieron del supuesto del deber ser en tanto género asignado al nacer.

En la infancia de la persona que hoy lees era común que los momentos de recreación y el juego se dividieran entre niños o niñas. Sí, claro que había momentos donde la distinción no era relevante, pero los roles de género eran espectrales: siempre presentes aunque no fueran visibles. De forma binaria, tanto los juguetes como las formas de jugar con ellos, o más bien, las formas esperadas de jugar con ellos, proyectadas en los comerciales y en su diseño, marcaban —desde el capitalismo— una realidad específica para cada cual, limitando la imaginación a elementos concretos. Todo aquello que tuviera que ver con acción, movimiento y hasta violencia quedaba enmarcado para un público de varoncitos, mientras que, atendiendo a la pasividad del estereotipo social para las mujeres, la posibilidad de juego de las niñas quedaba en la belleza, la crianza, el cuidado y una estética de delicadeza.

Había un entendimiento parcial de nuestras intenciones. Por ejemplo, alguna niña pudo querer una pistola Nerf para también jugar con sus hermanitos, pero lo que estaba bajo el árbol aquella noche de 24 de diciembre era un arco y flecha de dardos de la línea Rebelle que Hasbro creó en 2013, un año después de que Lego hiciera su propia línea llena de rosas, colores pastel, mariposas y flores: Friends. Esta situación podría ser un poco molesta a pesar de que el juguete, en sí mismo, cumpliera su función. El impuesto rosa habría llegado a los juguetes más “dinámicos” de la generación.

Inclusive con los juguetes relativamente neutros, como los bloques de construcción, era notorio que las empresas no estaban considerando tanto a las niñas dentro su mercado, pues entre sus productos era inexistente algo directamente relacionado con eso que se espera de la feminidad y que, por ejemplo, Mattel ya había cubierto desde finales de los años cincuenta con Barbie.

Esta división tan acotada en el juego creaba condiciones confusas para las infancias queer, pues no nos era posible divertirnos como en realidad queríamos. Podríamos estar experimentando un juego más dinámico o neutro, pero una vez más, como una sombra, siempre estaría presente ese deber ser. No sólo desde nuestros hogares, sino también desde los juguetes mismos. Esto hacía que los momentos sin presión de alguien que no comprendiera nuestro interés por “lo contrario” fueran ideales para jugar como quisiéramos y, en el camino, nos descubrieramos.

Desde los espacios más arrinconados de los patios escolares hasta las tardes sin padres presentes en casa, existieron lugares y momentos que sirvieron para la revelación en ambos sentidos de la palabra. En esos espacios, propios de la infancia, era posible moldear nuestras vivencias con el género. Si queríamos ser princesas con nuestras amigas, adelante. Si queríamos ver qué carrito era el más veloz con nuestros amigos, no había objeción alguna. Las posibilidades se hacían infinitas.

Hablando con miembres de la comunidad LGBTQ+ de mi círculo cercano —otros colaboradores de esta gaceta, amistades, y une que otre influencer— sobre cuáles juguetes fueron esos “sueños frustrados de la infancia”, aparecieron algunos juguetes que valdría la pena nombrar en memoria de lo que pudo ser. Por un lado aparecieron carritos de Hot Wheels, su propia pista de autolavado o, para algo más atrevido, el “Escape del tiburón”; dinosaurios de plástico, superhéroes como Iron Man o Spider-Man y carritos a control remoto. Por otro lado, Barbies, Monster High y Ever After High, Polly Pockets, Littlest Pet Shop, peluches de animalitos, y un caro, pero altamente codiciado microhornito.

La razón para que pocas o ninguna de estas cosas tuviera su lugar en nuestras manos pudo ser el miedo, timidez o intimidación para enunciar nuestro deseo porque sabíamos, en nuestro limitado entendimiento del mundo, que no era lo adecuado. Expresar que queríamos esos juguetes entre nuestros cajones podía implicar una burla, un regaño o incluso violencia. No era posible enunciar el deseo porque la magnitud de las consecuencias de ir a contraflujo con un género determinado serían extrapoladas.

Quizá no lo creíamos, pero lo habíamos oído tanto, y habíamos visto algunas de las consecuencias, como el bullying —aunque fuera dentro de un programa de TV con una historia ficticia— que quedó fuera de nuestro alcance. Ahí se ubicaba la razón del secreto, el hacerlo a escondidas, o sí jugar, pero con culpa o resentimiento. Esto sólo conseguía aumentar las sensaciones de estar “cometiendo un error” que impiden la comodidad mientras, en el juego, aparecía la versión más pura de nosotres mismes. Versión que negábamos y que tardamos años en habitar.

Estas emociones podrían o no estar allí y tener muchos orígenes. A veces por oír de nuestros padres, familiares y pares que aquello que deseábamos estaba mal porque no encajaba en sus concepciones de nosotres, y otras simplemente porque la vida no nos mostraba en realidad una alternativa donde lo importante no fuera el género, sino el seguir conociendo el mundo y a nosotres en cada momento de juego.

No teníamos herramientas para mirar o crear la alternativa de ese juego sin marcadores de género y tampoco para tener la certeza consciente de estar construyendo una identidad con la cual relacionarnos. Nos quedaba sólo apegarnos a lo establecido o encarar nuestra diferencia a sabiendas del dolor que eso podría traer. Algo que desde pequeñes a muches nos dió la fuerza para, entonces sí, encontrarnos y reconocernos queer más adelante.

Sin embargo, parte de ir tras esa alternativa para algunes significó alejarse del juguete y encontrar diversión en otros lugares un tanto más neutros o liberadores. Podría pensar en los videojuegos —a pesar de sus sesgos por ser muy violentos o una industria para hombres— y el dibujo, junto con otras actividades creativas. Esta era la salida más neutra posible al dilema de la imposición de género en las infancias. A pesar de todo, también hubo quienes rara vez, o de plano nunca, se enfrentaron al problema. Elles identifican dos razones para esta condición: o no existía la posibilidad económica, o la distinción era irrelevante para sus padres. Estas aparentes soluciones al dilema son tan complejas como el problema en sí; juntas componen un espectro completo en el que caben todas las historias hipotéticas anteriores.

Imaginando una línea horizontal entre estas dos circunstancias, haciendo énfasis en el límite derecho del espectro, se hace visible una clave para las paternidades actuales: dejar ser. Y… ¿quién sabe? A lo mejor el cambio ya está en camino y las infancias queer están teniendo que pasar menos cada año por tortuosas temporadas de fiestas con respecto a sus regalos.

Sin embargo, algo sí me queda claro al oír historias con resultados diferentes, e inclusive pensando en la propia, donde mi tan deseada muñeca Barbie llegó algo tarde con respecto a mi edad: aunque alguna vez mis juguetes, incluída esa Barbie, sentirían la misma ansiedad que Woody, Buzz Lightyear y Jessie por quedar arrinconados o regalados, jamás, como varias de las personas con quienes se conversó, quise perder mi imaginación para crear(me) con ella, como persona y, en especial, como disidencia.

Como personas queer jóvenes y adultas debemos reconocer que tanto la imaginación como el continuar experimentando con el juego y el pretender/performar son y fueron históricamente —en cuanto historia personal refiere— partes esenciales de nuestro descubrir. Se siente muy bonito poder conseguir esos juguetes tan deseados por años para nuestras colecciones y reivindicarnos, pero jamás habrá que pasar por alto que jugando también aprendimos a nombrarnos, a colectivizarnos y a vivir.