Encuentro

El tren ha llegado tarde a la estación; la lluvia no ha permitido al operador ir más rápido. Se detiene unos centímetros después de la marca de entrada y salida. De todos modos qué importa eso; al parar el metro, las filas formadas en espera se vuelven pequeños cúmulos de personas que, a empujones y carreras, se apresuran por tomar su lugar. Bueno, eso pasa en el resto de los vagones, pero en el último, más que una carrera, parece una perfecta obra de teatro. Al subir los pasajeros, en su mayoría hombres, y una que otra mujer o pareja que busca asientos disponibles, seguramente saben en qué lugar se han metido, pero abordan, pues la comodidad siempre es superior a cualquier aspecto moral.
Cada uno toma su asiento en la mesa o escenario, dependiendo de lo que deseen será su lugar. Aquellos que son tímidos, o quieren más de una compañía, prefieren ir a lo más recóndito del vagón, al cascabel de la serpiente naranja. Si aparece algún policía entrometido, niño o buga que interrumpa en el santuario, la situación se tornará frustrante; todo el tiempo de espera se irá a la basura y no habrá nada con los posibles prospectos para la interacción.
Quienes corran con la suerte de no tener gente inoportuna, entrarán en su papel o en su verdadera piel; dejarán salir la esencia de pasiones y emociones. Es un papel para el que no se necesitan palabras; todo es al estilo de la madre naturaleza: gestos, miradas y leves movimientos que señalen sus atributos.
El rol en esta puesta es indescifrable hasta que la curiosidad nos lo dice. Las apariencias no son más que eso; uñas pintadas, pelo en pecho o tatuajes. No son pistas. Saber hasta dónde están dispuestos los personajes puede ser una sorpresa. En ocasiones, quien menos se espera da el primer paso y pasa del ensamble de estatuas a ser, por breves instantes, el artista central del show. De un momento a otro, todas las miradas se posan en lo que hace con sus manos u otras partes; poco queda a la imaginación. Una vez saciado, emprende el vuelo en busca de un nuevo nido.
Hagamos un repaso por este reparto; quiénes son, a qué se dedican, su edad y su rol en la vida, porque en la viña del señor hay de todo. Existen los más efebos que, cual ciervo recién nacido, dan tropezones; se nota su impaciencia en los ojos, son la juventud misma y, por ende, quieren todo; lo quieren rápido y ahora, pero este es un juego en el que hay que ser pacientes.
Después está la contraparte de los efebos; los pícaros lobos que van a la cacería por gusto y no por necesidad. Son criaturas vampirescas, al más puro estilo de El vampiro de la colonia Roma. Ropa entallada de cuero, piel o mezclilla, por lo general en tonos oscuros y adaptada para el deleite. Son seres que llevan mucho tiempo en esto; saben dónde tirar la mordida exacta y cuándo emprender la retirada. Eso sí, no temen pavonearse y exhibir sus atributos y rostro; son vampiros enérgicos y vanidosos.
Seguidos por el deleite nacional, una criatura mística de apariencia común. Cuesta distinguir quién es quién, ¿un nahual?, ¿un chacal? Hombres de la vida moderna. Tienen la comodidad y la moda en una extraña fusión funcional. ¿Ropa entallada? De ninguna manera. Un atuendo deportivo y tenis siempre dan la oportunidad de camuflarse mejor. Eso sí, todos coronados por alguna gorra que indique un gusto en particular; música, deporte o personalidad.
Entre estos dos seres míticos debe haber algo para el resto de los simples mortales, hombres que no van buscando la cacería, pero que tampoco le huyen. Saben que el ser contemplativo tiene sus ventajas pero, cuando se presenta la ocasión, no temen entrar en escena. Son el ensamble de fondo que, en ocasiones, roba la atención de las estrellas del show. Son aquellos que le han dado su alma a la persistencia del tiempo por dinero, la rutina laboral de un cubículo. Abogados, médicos, enfermeros, contadores, agentes de bienes y raíces, obreros, deportistas; da igual. Su acto de resistencia es gritarle mudamente al sistema que aún queda algo que sólo es de ellos.
Por último, pero no menos importantes, están los lazarillos; individuos sigilosos que acompañan a un lobo o chacal. Van de testigos por el gusto de ver, servir de protectores o directores de cámaras. El resto es sólo público; mirones que carecen o creen carecer de algún atractivo, miedosos de participar o muy cansados por el tiempo de vida que llevan a sus espaldas o el que llevan en sus trabajos.
Eso sí, pareciera uniforme obligatorio. Todos, salvo algunos pícaros, llevan una mochila, petaca o portafolio para obtener un poco de privacidad, como si no fuera obvio el acto. Otro componente del uniforme, sobre todo en chacales, son los lentes glamourosos.
Con vestuarios y papeles aprendidos, comienza la dinámica. Cuando menos lo esperas, ya estás dentro. Una mano recorre tu pierna y la acerca a la suya. Enfrente de ti, dos ya están muy acoplados entre sí. Algo toca tu hombro. Pierdes el control de tus manos y parece que actúan por sí solas; tú no haces nada, ellas saben el camino y la fuerza. Eso sí, nada de palabras durante la escena. No falta alguno que, con mucha confianza, te dé su número y su nombre, mostrándote su celular en el que, de fondo, tiene una foto con su novio.
Fastidiado, cansado, decepcionado o complacido, sea cual sea el caso, podrás hacer mutis y bajar en la estación de tu preferencia, llegar a casa y fingir que nada pasó; total, nadie que conozcas te vio y, si hubiera alguien que sí, mantendría el secreto compartido.
Nadie sabe nada de nadie después de haberse encontrado en el portal negro y naranja.