Auto de Santa Escila en tres movimientos

Auto de Santa Escila en tres movimientos
Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma –Todo sobre mi madre, Pedro Almodóvar

Primer movimiento: oración a Santa Escila

Santa Escila,

patrona de los corazones que se rompen antes de nacer,

de los deseos que se ocultan tras los labios y de los monstruos hermosos;

hermosa doncella expiatoria.

Deja, por favor, que mis deseos descansen entre las rosas que posan sobre tus piernas.

Que no los pinchen las espinas si no es para moverlos

y deja que el dolor y el esfuerzo que lleguen a aplicarme sean comparados con mi satisfacción, pequeños punzones de aguja.

¡Oh, Ondina!

¡Oh, araña!

Lleva enredados a tu cola mis sueños y permite que crucen más allá de los límites.

Muéstrame tu cara amable, la que siempre necesité para secar mis lágrimas, y en un susurro, aunque sufrimos, dime que todo va a estar bien.

¡Oh, monstrua hermosa de las profundidades del sueño!

Trae contigo los buenos deseos que no se me habían permitido hasta ahora y permite que mi felicidad sea tan honda como el océano, y mis penas tan ligeras como la espuma del mar.

A la oración respondemos: Permite que mi felicidad sea tan honda como el océano, y mis penas tan ligeras como la espuma del mar.
Allí mora Escila, que aúlla terriblemente, con voz semejante a la de una perra recién nacida, y es un monstruo perverso a quien nadie se alegrará de ver, aunque fuese un dios el que con ella se encontrase. –Odisea, Libro XII, Homero

Segundo movimiento: el sueño de Santa Escila

Quiero un santuario donde poner mis huesos a descansar. Quiero sumergirme hasta las profundidades del mar y dormir sin soñar, como la bella durmiente, para despertar y salir de las aguas totalmente nueva. Pero ¿Y si mi cuerpo está maldito? ¿Cómo puedo volver mis pasos hacia un santuario? ¿Qué arderá primero? ¿Mi cuerpo o mi esfuerzo? Me inundaría de nuevo, si ese fuera el caso. Aún así, me veo en la obligación de construir un templo y una diosa cuya fe me incinere por dentro sin destruir mi piel, con santas impías que no estén armadas con látigos en los ojos, ni manos de hierro al rojo vivo. Que sus garras sólo sirvan para abrazar y acariciar y sus ojos estén llenos de lágrimas de alegría.

Es por ello que debo salir en las noches, saltar por los tejados como un gato blanco, como un algodón de azúcar, como una bomba atómica. Salto de casa en casa, bajo la luna dorada, escapándome entre los sueños y alimentándome de ellos. Los robo y los coso a mis vestidos de novia-princesa y duermo en los armarios, como el monstruo que todes temen.

Me convierto en una vorágine de mariposas y me escondo en las casas de muñecas que todes olvidan. Bailo con las figuras de papel y hablo con los muebles de plástico pintados con mi rencor y mi dulzura. Duermo en mi casa que se convierte en una muñeca de tres piernas y corazón de espejo y busco, como lo hizo la poeta, el país de las maravillas que se encuentra más allá de los trajes.

Camino en reversa, buscando en los charcos los lugares en los que fui feliz; a donde no debería volver nunca, tratando de remendar sueños nocturnos. Rompo todas las puertas de los armarios y de los clósets para evitar que entre la sombra, o que la máscara pueda acercarse. Y espero, de cabeza, en el techo de mi casa de muñecas, huyendo de las estrellas hasta que pueda deshacerme de la máscara.

Esperaré aquí adentro, con mis vestidos y mis gatos y mis muñecas de papel, hasta que sea el momento de despertar de nuevo: cuando se sequen los ríos, cuando llueva fuego; cuando quieran intentar ponerme la máscara otra vez. Sólo entonces despertaré como una maldición e inundaré con mis lágrimas el camino para la llegada de mi país de las maravillas.

La diosa emponzoña esta cala y la contamina con venenos portentosos, [...]. Llega Escila, y se ha sumergido hasta la mitad del vientre cuando ve que monstruosos perros que ladran infestan sus caderas. –Metamorfosis. Libro XIII, Ovidio

Tercer movimiento: retrato de Santa Escila

La noche de mi santidad fue la última noche que viví en este mundo. Recuerdo cómo las estrellas iluminaban el tejado de mi habitación de hospital, toda conectada a cables y a una pipa de oxígeno. Mi habitación se había convertido, de manera repentina, en mi universo. Los límites del planeta se encontraban en los bordes de mi cama y el cosmos entero se encontraba limitado a los velos de plástico que me separaban de mi corte de sirvientas metálicas, doncellas eléctricas y nodrizas de cofias y vestidos blancos.

(Entran las enfermeras, suena de fondo el ritmo del electrocardiograma. Las enfermeras comienzan a cantar.)

SANTA ESCILA: Permitan, nodrizas mías, que duerma en este mundo. Mas no me toquen, pues moriría como una mariposa. No, no soy una mariposa. Soy una oruga a la espera de mis alas para escapar por fin de los dolores de este mundo y reunirme con los ángeles de celofán y las mujeres de chocolate.

En esa cama, ya llevaba mi tercera piel puesta. Mis pieles, cada una pintada y decorada elegantemente para representar el estado de mi alma, eran el gran atractivo que había llevado hasta el día de mi santidad. Estaba tan segura de que nada las corrompería ni las desgastaría, que no sería necesario nunca tener que vestirlas con nada que no fueran sedas transparentes, mallas o encajes. Sin embargo, debo afirmar que siempre se trató de un disfraz que, con el tiempo, terminó por ceder a la llama de mi corazón incinerado. Sabía que la última piel, aquella con la que dormiría para siempre, sería pálida, como alguna vez la quisieron los hombres y como alguna vez la tuve. Pero ya no sería nívea, ni de espuma. Por el contrario, sería pálida de yeso y de marfil. No sería un lirio deshojado. Tendría una palidez y una delgadez exquisita que contrastaría con los negros terciopelos de mi féretro.

(Santa Escila ríe, las enfermeras, que no se han movido de su lado, bailan a su alrededor, exaltadas por la pasión. Sus corazones arden)

SANTA ESCILA: Y me río, porque al final creerán que mi última piel, mi piel de revivida, es la primera con la que vine al mundo; mi piel de virgen, mi piel de muchacho. La piel que los hombres de torso sin cabeza deseaban y que se desvaneció una vez la palabra virginidad perdió su sentido, cuando la marca de la pureza desapareció de mi pene o de mi culo. Luego vino la piel de sirena; la piel enamorada que siempre estaba maquillada, llena de cremas y de amores. La piel que me dejé en los moteles y en los cuartuchos y que maltraté entre las garras de los lobos persiguiendo las palabras que nunca iban a ninguna parte. La piel que me arrancaron a mordiscos y que pensaron que les permitiría llegar a mi corazón de fuego, que tendrían mi estrella de la mañana, la que concede los deseos. Cuán engañados estuvieron al verme en el suelo muerta, tiesa y calva, para encontrar cómo, debajo de mi piel, renacía de nuevo, más pura y blanca. Que me levantaba y me convertía en gata, en algodón de azúcar, en bomba nuclear, y que los repudiaba de vuelta.

Fue huyendo de esa muerte segura que me sumergí en esta casa de muñecas donde el sol no llega. Porque aún bajo mi última piel, sabía que no podría aguantar más el dolor de tener el corazón destapado como lo había llevado por años, tentando a los lobos. Fue ahí, bajo las aguas, que me volví santa, que me volví monstrua: doncella del ombligo para arriba y horror de la cintura para abajo. Dejé mis cabellos secos y los cambié por las pelucas de seda de Venus, y ya no hubo más Rubén; ya no sería Rubén, el muchacho que puteando se volvió hombre. No sería Rubén, el hombre que enamorado se convirtió en sirena y dio la cola por amor. Ya nunca más sería la sirena purulenta que dejó que los hombres la usaran para su placer hasta que las infecciones acabaron con ella. Ni siquiera sería más la vampira de la que se enamoran y que deseaba castigarlos en una cama de rosas negras, dispuesta a devolver el favor que le hicieron. Ya no más, me volví santa. Me convertí en santa Escila; con vestidos de cola de sirena llenos de lentejuelas, volando por los cielos con alas de plumas rosas, esas que tanto odian las maricas de clóset. Desde este paraíso de ángeles de neón he de juzgar a los vivos y a los muertos para, al final, azotarlos con las espinas de las rosas. De manera que nunca más engañen a otra. Bajaré en mi féretro, en una muñeca de tres piernas. Me presentaré como una santa-gato-bomba y todos gritarán: “¡Salve Santa Escila! La muerta más bella; muerta y enterrada al tercer día. Más bella que Divina y que la cabeza decapitada de Santa María de las Flores.”

Todes respondemos: ¡Oh, monstrua hermosa de las profundidades del sueño! Trae contigo los buenos deseos que no se me habían permitido hasta ahora y permite que mi felicidad sea tan honda como el océano, y mis penas tan ligeras como la espuma del mar. ¡Salve Santa Escila, la muerta más bella! (Cierra el telón.)